Pocas cosas hay tan reconfortantes como un buen guisado de pollo campero casero. Es de esos platos que te trasladan directos a la cocina de la abuela, esa que se hacía a fuego lento en una cazuela de barro mientras la casa entera olía a gloria. Lo bueno de esta receta de pollo campero es que se usa pollo con hueso, muslos y contramuslos sobre todo, que le dan al guiso muchísimo más sabor que si lo haces solo con pechuga. Con sus patatas, zanahorias y champiñones, es una receta de aprovechamiento y de campo, pensada para llenar la barriga de toda la familia con ingredientes humildes pero que saben a poco.
Este plato viene de la tradición rural de muchas regiones, donde las familias criaban sus propias aves y cocinaban guisos generosos que daban energía para tirar todo el día. Antes, el pollo campero era casi un lujo que se reservaba para celebraciones y domingos señalados, y cada casa tenía su propia versión con esos pequeños toques de hierbas y verduras de la huerta. Hoy en día sigue siendo un guisado de pollo perfecto para las comidas familiares del fin de semana, para agasajar a las visitas o simplemente para entrar en calor en los días fríos.
Además, estamos ante un plato completo y muy nutritivo: las proteínas del pollo, las vitaminas de las verduras y los hidratos de las patatas hacen que con un solo plato tengas una comida bien equilibrada. Y como se cocina a fuego lento, la carne queda tierna de verdad y la salsa coge una profundidad de sabor que con cocciones rápidas no consigues ni de lejos. Otro punto a favor: es ideal para dejar preparado con antelación, porque como casi todos los guisados, está todavía más rico al día siguiente.
En mi casa este guisado siempre iba ligado a las reuniones familiares del otoño, cuando el pan recién comprado desaparecía a base de mojarlo en la salsa directamente desde la fuente. Me gusta recordar que mi abuela insistía mucho en dorar bien el pollo antes de meter nada más, y solía repetir que «el secreto del guiso está en la paciencia del sofrito». Y no le faltaba razón, porque ese consejo que parece menor es justo lo que separa un guisado corriente de uno memorable.
Sirve el guisado de pollo campero bien caliente, directamente en la cazuela si quieres darle un aire rústico a la mesa, acompañado de pan crujiente para mojar en la salsa, arroz blanco o incluso unas patatas fritas para los peques. Para beber, el vino blanco seco que usaste en la cocción es el maridaje perfecto, aunque también va muy bien un tinto joven de la tierra o, para los más pequeños de la casa, un refresco de limón casero.
Las sobras aguantan en un recipiente hermético en la nevera hasta 3 días e incluso puedes congelarlas hasta un mes. Al recalentar, hazlo a fuego suave y añade un chorrito de caldo o agua si la salsa se ha quedado demasiado espesa, porque las patatas suelen chupar bastante líquido. Y si te apetece variar, puedes cambiar el pollo por carne de cerdo en trozos, echar una guindilla para una versión con picante o sumar garbanzos cocidos en los últimos minutos para que quede más contundente. Eso sí, recuerda que como todo buen guisado, este plato gana mucho con las horas, así que si puedes, prepáralo la víspera.
Guisado de pollo campero casero, receta de las de siempre
Descripción
Este guisado de pollo campero casero está listo en 1 hora 20 minutos y rinde para 4-6 personas. Un plato de cuchara que cura el alma.Ingredientes
Preparación
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Seca bien los trozos de pollo con papel de cocina y sazónalos sin miedo con sal y pimienta negra por todas sus caras. No te saltes este paso si quieres que dore bien después.
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Calienta las 3 cucharadas de aceite de oliva en una cazuela amplia y de fondo grueso a fuego medio-alto. Cuando el aceite esté caliente (pero sin que humee), mete el pollo.
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Dora el pollo por todos lados unos 8-10 minutos en total, hasta que la piel quede crujiente y bien dorada. Saca los trozos a un plato y resérvalos, que este dorado es de donde sale gran parte del sabor del guiso.
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Tip: No llenes la cazuela al dorar; si no cabe todo, hazlo en dos tandas para que la carne se dore y no se cueza en sus propios jugos.
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En esa misma cazuela y con el aceite que ha quedado, sofríe la cebolla picada a fuego medio unos 6-7 minutos, removiendo de vez en cuando, hasta que esté translúcida y empiece a tomar color.
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Echa el pimiento rojo en tiras y cocina 5 minutos más, hasta que ablande un poco.
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Suma el ajo picado y los champiñones laminados. Cocina 5 minutos removiendo de vez en cuando, hasta que los champiñones suelten su agua y esta se evapore casi del todo.
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Añade el pimentón dulce y el tomillo, y remueve rápido unos 30 segundos para que se integren sin quemarse. Ojo, que el pimentón quemado amarga todo el plato.
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Vierte el tomate triturado y cocina el sofrito 5 minutos a fuego medio, hasta que pierda el agua y oscurezca un poco.
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Riega con el vino blanco y deja reducir 3-4 minutos, raspando con una cuchara de madera el fondo de la cazuela para despegar los restos del dorado, que le darán mucho gusto a la salsa.
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Mete las patatas, las zanahorias, la hoja de laurel y la ramita de romero. Vierte el caldo de pollo caliente, sube el fuego y espera a que rompa a hervir.
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Vuelve a poner el pollo reservado en la cazuela junto con los jugos que haya soltado en el plato. Baja el fuego a medio-bajo, tapa y cocina 35-40 minutos, removiendo cada 10 minutos para que no se pegue.
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Tip: Fíjate en que la salsa burbujee suavecito, nunca a hervores; si al final la ves demasiado líquida, destapa la cazuela los últimos 10 minutos para que reduzca.
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Cuando el pollo esté tierno y casi se desprenda del hueso, rectifica de sal y pimienta. Saca el laurel y el romero, apaga el fuego y deja reposar el guisado 5 minutos antes de servir.
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Tip: Espolvorea perejil fresco picado justo al servir para darle un toque de color y frescura al plato.